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Las praderas que vuelven a la vida no recuperan del todo su esencia

Un estudio internacional con datos de seis continentes revela que los pastizales regenerados pueden mantener diferencias con los ecosistemas originales incluso siglos después.

Cuando una pradera desaparece para dejar paso a un cultivo, una carretera o un centro comercial, puede parecer que con el tiempo todo vuelve a su sitio. La hierba reaparece, el paisaje recupera parte de su aspecto y la naturaleza parece empezar de nuevo. Pero un nuevo estudio internacional demuestra que las praderas que se regeneran no son exactamente iguales a las que existían antes de su destrucción.

La investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y realizada por 33 investigadores, ha analizado datos de 742 especies de plantas procedentes de pastizales de seis continentes. Su conclusión principal es clara: incluso después de largos periodos de recuperación, las comunidades vegetales pueden seguir siendo muy diferentes de las que habitaban originalmente esos terrenos.

Mucho más que un paisaje verde

A simple vista, una pradera puede parecer un terreno sencillo, dominado únicamente por hierba y sin demasiada vida. Sin embargo, estos ecosistemas desempeñan un papel fundamental para el planeta.

Sus extensas redes de raíces ayudan a reducir la escorrentía del agua, controlar la erosión y almacenar una parte muy importante del carbono terrestre. Además, proporcionan alimento para el ganado y sirven de refugio a numerosas especies animales y vegetales.

Las praderas ocupan aproximadamente una cuarta parte de la superficie terrestre y contribuyen al sustento de más de 1.000 millones de personas. Entre ellas encontramos lugares tan diferentes como la enorme estepa euroasiática, que se extiende desde Hungría hasta China, las Grandes Llanuras de Norteamérica o las sabanas africanas.

El problema es que durante los últimos dos siglos muchas de estas zonas han sido transformadas en tierras de cultivo, plantaciones forestales o espacios urbanos.

La naturaleza necesita mucho tiempo

La situación es especialmente llamativa en algunos lugares. En Brasil, por ejemplo, la sabana del Cerrado pierde una superficie equivalente a Londres cada tres meses. En Norteamérica, menos de la mitad de las praderas históricas permanece en la actualidad.

Al mismo tiempo, millones de hectáreas de tierras agrícolas abandonadas ofrecen una oportunidad para que vuelvan a aparecer pastizales. El problema es que recuperar el aspecto de una pradera no significa necesariamente recuperar su biodiversidad original.

El equipo dirigido por Ashish Nerlekar, investigador postdoctoral de la Universidad Estatal de Michigan, comparó pastizales antiguos que nunca habían sido arados con otros más jóvenes que se encontraban en diferentes fases de regeneración.

Y encontraron un patrón que se repetía en distintos lugares del planeta.

Las plantas que regresan no son las mismas

Los investigadores observaron que las especies que suelen desaparecer tras la transformación de una pradera son, en muchos casos, plantas perennes de larga vida, con hojas resistentes y capaces de soportar situaciones complicadas como sequías, incendios o el consumo por parte de herbívoros.

El inconveniente es que estas plantas suelen crecer lentamente. Cuando el ecosistema queda alterado, tienen más dificultades para competir con otras especies capaces de crecer y aprovechar los recursos con mayor rapidez.

Así, los terrenos que comienzan a recuperarse suelen estar dominados inicialmente por plantas más rápidas a la hora de crecer y captar recursos.

«Nuestro análisis indica que las diferencias entre los pastizales primarios y los secundarios son notablemente consistentes en todo el mundo», explica Lars Brudvig, investigador de la Universidad Estatal de Michigan y uno de los autores del estudio.

Hasta 300 años después

Quizá lo más sorprendente de la investigación sea cuánto pueden durar estas diferencias.

Los científicos han comprobado que las huellas de la transformación pueden mantenerse durante décadas e incluso siglos. En uno de los casos analizados, las plantas de un pastizal secundario continuaban siendo más altas que las de un pastizal antiguo hasta 300 años después.

Es decir, dejar que la naturaleza siga su curso es fundamental, pero la recuperación de un ecosistema no consiste simplemente en que vuelva a crecer la hierba. Las especies, sus características y las relaciones entre ellas también necesitan tiempo para reconstruirse.

La investigación pone así el foco en una idea cada vez más importante en conservación: proteger los ecosistemas que todavía permanecen intactos puede ser mucho más eficaz que intentar reconstruirlos una vez que han desaparecido.

Porque, aunque desde lejos una pradera recuperada pueda parecer idéntica a la que hubo allí hace siglos, bajo nuestros pies la historia puede ser muy diferente.

Redacción (Agencias).

Adrián Martín

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