Detectar y tratar el alzhéimer antes podría marcar una diferencia importante. Un nuevo estudio apunta a que comenzar dos años antes las terapias antiamiloide en las fases iniciales de la enfermedad podría aumentar un 32% sus beneficios sanitarios, sociales y económicos.
La investigación, publicada en la revista científica Alzheimer’s & Dementia, ha analizado especialmente el impacto del donanemab, uno de los tratamientos diseñados para ralentizar la progresión del alzhéimer mediante la eliminación de placas de beta amiloide en el cerebro. Los resultados ponen el foco en una cuestión clave: cuanto antes se identifique la enfermedad, más margen habría para aprovechar estos tratamientos.
Según las simulaciones realizadas por los investigadores, el tratamiento con donanemab tendría un beneficio social acumulado estimado de unos 104.885 dólares por persona a lo largo de su vida.
Pero si el tratamiento comenzara dos años antes, esa cifra subiría hasta 138.256 dólares por paciente, lo que supone un incremento del 32%. El modelo atribuye esta diferencia a factores como una mayor conservación de la autonomía, una menor necesidad de cuidados y una reducción del uso de recursos sanitarios y sociosanitarios.
El estudio también estima que las personas tratadas podrían pasar más tiempo en fases leves del deterioro cognitivo y alrededor de un año menos en situaciones de demencia grave. Además, podrían permanecer más tiempo viviendo en sus hogares y retrasar la necesidad de cuidados intensivos o de ingresar en una residencia.
Y aquí aparece uno de los principales problemas. El diagnóstico del alzhéimer llega, de media, 3,5 años después de que aparezcan los primeros síntomas cognitivos, según los datos manejados por el estudio. Ese retraso podría hacer que algunos pacientes pierdan parte de la ventana en la que estos tratamientos pueden aportar más beneficios.
Los investigadores señalan que las nuevas herramientas de diagnóstico pueden ser importantes para acortar ese camino. Entre ellas están los biomarcadores sanguíneos, que podrían facilitar la identificación de personas candidatas a recibir tratamientos en fases más tempranas.
De hecho, otros trabajos recientes han puesto precisamente el foco en estos análisis de sangre. Una investigación presentada en 2026 encontró que el biomarcador p-tau217 podría ayudar a estimar el riesgo de deterioro cognitivo relacionado con el alzhéimer años antes de que aparezcan los síntomas.
Los beneficios no se limitarían a los pacientes. El estudio señala que una progresión más lenta de la enfermedad también podría reducir la carga que soportan familiares y cuidadores, además de disminuir determinados costes médicos y sociosanitarios relacionados con los cuidados de larga duración.
Eso sí, los investigadores trabajan con modelos y estimaciones, por lo que los resultados no significan que adelantar automáticamente dos años cualquier tratamiento vaya a producir exactamente ese beneficio en cada persona. Además, estas terapias son relativamente nuevas y su eficacia, riesgos y acceso siguen siendo objeto de debate científico y sanitario.
La conclusión del trabajo apunta, en cualquier caso, hacia una idea clara: mejorar la detección temprana podría ser tan importante como disponer de nuevos tratamientos. En una enfermedad en la que el tiempo juega un papel fundamental, llegar antes podría abrir una ventana de oportunidad para pacientes, familias y profesionales sanitarios.
Redacción (Agencias).
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