¿Alguna vez te has preguntado por qué determinadas situaciones pueden despertar las ganas de tomar una copa? La respuesta podría estar, al menos en parte, en algo tan cotidiano como tener hambre. Un nuevo estudio de investigadores de la Universidad Brown (Estados Unidos) ha encontrado una conexión molecular entre la falta de alimento y los mecanismos cerebrales que intervienen en la adicción al alcohol.
La investigación, publicada en la revista científica Current Biology, apunta a que el hambre puede influir en la forma en la que el cerebro asocia el alcohol con una sensación de recompensa. Eso sí, hay un detalle importante: los experimentos se han realizado con moscas de la fruta, por lo que todavía queda camino por recorrer para confirmar cómo funciona este mecanismo en las personas.
El equipo científico ha observado que, cuando las moscas de la fruta están privadas de alimento, se activan determinadas neuronas relacionadas con la octopamina, una sustancia que participa en la regulación de la conducta y que presenta funciones comparables a las de la noradrenalina en los seres humanos.
Esta actividad neuronal parece influir en la manera en la que los animales recuerdan el alcohol como una experiencia gratificante. De hecho, los investigadores comprobaron que modificar la actividad de una neurona concreta alteraba el momento en el que las moscas empezaban a encontrar atractivo el alcohol y su preferencia por esta sustancia, pero solo cuando tenían hambre.
La clave está en cómo el cerebro conecta las sensaciones internas con los estímulos del entorno. Cuando tenemos una necesidad física, como comer, determinados circuitos cerebrales pueden modificar nuestra atención y la forma en la que respondemos a señales que asociamos con una recompensa.
Para entenderlo mejor, los investigadores plantean una situación muy reconocible: imagina que pasas habitualmente por delante de un bar al salir del trabajo. Normalmente no te llama especialmente la atención, pero un día te saltas la comida y llegas a la tarde con bastante hambre. En esas circunstancias, el lugar podría despertar un interés que antes no tenías.
Este ejemplo ayuda a explicar cómo el hambre podría reforzar la respuesta ante señales relacionadas con el alcohol. No significa que saltarse una comida provoque una adicción, sino que el estado físico de una persona podría influir en cómo responde a determinados estímulos.
El estudio también abre una línea de investigación sobre el papel que pueden desempeñar factores como la inseguridad alimentaria o el estrés prolongado en los sistemas cerebrales relacionados con las adicciones.
Más allá de la curiosidad científica, el hallazgo podría ayudar a comprender mejor por qué ciertos contextos o situaciones desencadenan deseos de consumir alcohol. Si futuras investigaciones confirman que mecanismos similares funcionan en humanos, este conocimiento podría contribuir al desarrollo de nuevas estrategias de prevención y tratamiento de las adicciones.
Los científicos recuerdan, no obstante, que los resultados obtenidos en animales no pueden trasladarse automáticamente a las personas. Será necesario realizar más estudios para determinar hasta qué punto el hambre modifica los circuitos cerebrales implicados en el consumo de alcohol humano.
Por ahora, la investigación suma una pieza más a un puzle complejo: el de comprender cómo interactúan nuestras necesidades físicas, los recuerdos y las señales del entorno en los comportamientos adictivos.
Redacción (Agencias).
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