El español que conquistó la Antártida

La presencia científica española en la Antártida tiene un nombre propio: Antoni Ballester Nolla. Durante casi dos décadas, este investigador catalán defendió la necesidad de que España contara con una base científica en el continente helado. Un objetivo que parecía imposible y que finalmente consiguió hacer realidad en 1988.

Su historia vuelve ahora a la actualidad gracias a Antoni Ballester. El hombre que soñaba con la Antártida, una biografía escrita por su sobrino, Oriol Ballester Sadurní, que recupera la trayectoria de este químico, oceanógrafo y espeleólogo, nacido en 1920 y fallecido en 2017.

De las expediciones internacionales a una base española

Todo comenzó a finales de los años sesenta, cuando Ballester empezó a participar en expediciones a la Antártida organizadas por Bélgica, Argentina y Polonia. Su experiencia le llevó a insistir en que España debía formar parte de la investigación polar, aunque sus propuestas fueron rechazadas durante años.

El punto de inflexión llegó en 1987. Los rumores sobre una posible división del territorio antártico, que posteriormente resultaron falsos, hicieron reaccionar al Gobierno. El Ministerio de Asuntos Exteriores encargó entonces al científico construir una base en apenas unos meses, después de años sin avances.

Con la colaboración de Josefina Castellví, Ballester consiguió poner en funcionamiento la instalación de la isla Livingston. Así, en 1988, España estableció su presencia científica permanente en la Antártida, un hito que abrió nuevas oportunidades para la investigación española.

Sin embargo, apenas unos meses después de la inauguración, Ballester sufrió un grave accidente cerebrovascular que puso fin a su carrera investigadora. Fue Josefina Castellví quien tomó el relevo y continuó impulsando el proyecto.

Una vida dedicada a la ciencia y mucho más

Antoni Ballester también dejó su huella en la oceanografía. Como investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), desarrolló un sistema pionero para medir de forma continua la temperatura, la salinidad y los nutrientes del agua marina, una innovación que terminó utilizándose internacionalmente.

Su biografía también descubre una faceta menos conocida. Participó en la Guerra Civil, pasó por campos de refugiados en Francia y cultivó numerosas inquietudes artísticas, desde la música y la pintura hasta la poesía. Además, fue uno de los primeros aficionados al buceo deportivo en España.

Pese a su aportación científica, Ballester no recibió grandes distinciones institucionales. Su municipio natal, Mont-roig del Camp (Tarragona), sí reconoció su legado al poner su nombre a un instituto en 2005.

Ahora, la Fundació Catalana per a la Recerca i la Innovació (FCRI) recupera su figura a través de una obra construida con cartas, documentos familiares y testimonios de sus compañeros. Una historia que recuerda cómo la perseverancia de un solo científico contribuyó a abrir las puertas de la Antártida a la investigación española.