La desconocida vida interior de las abejas

Los abejorros podrían tener un comportamiento más complejo de lo que se pensaba hasta ahora. Un estudio internacional ha descubierto que estos insectos realizan gestos diferentes en función de si les gusta o no lo que acaban de probar, unas respuestas que recuerdan a las expresiones de agrado y rechazo observadas en algunos mamíferos. Los investigadores creen que estos comportamientos podrían reflejar estados internos que influyen en sus decisiones, más allá de simples reflejos automáticos.

La investigación, realizada por científicos de la Universidad Macquarie (Australia) y la Southern Medical University (China) y publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), analizó la reacción de los abejorros al probar distintas soluciones, como agua, azúcar, agua salada y quinina. Mediante cámaras de alta velocidad, el equipo observó que, tras consumir azúcar, los insectos seguían moviendo la glosa, el órgano equivalente a la lengua, incluso después de terminar de alimentarse, en un gesto comparable al de «relamerse los labios».

Por el contrario, cuando los abejorros probaban sustancias de sabor desagradable, como la quinina o el agua salada, reaccionaban moviendo la cabeza y limpiándose la boca con las patas delanteras. Sin embargo, este comportamiento cambiaba cuando los investigadores los sometían a altas temperaturas. En esas condiciones, los insectos dejaban de rechazar el agua salada y comenzaban a consumirla con interés, probablemente para compensar la pérdida de agua y sales.

El estudio también demostró que modificar determinados procesos químicos en el cerebro de los abejorros alteraba estas respuestas, lo que, según los autores, refuerza la hipótesis de que su comportamiento está condicionado por su estado fisiológico y no únicamente por mecanismos reflejos. Los científicos comparan este fenómeno con la forma en que las personas pueden encontrar especialmente apetecible una bebida con electrolitos después de realizar ejercicio intenso.

Aunque los investigadores subrayan que estos resultados no prueban que las abejas experimenten emociones como los seres humanos, consideran que sí aportan nuevas evidencias sobre la complejidad de su comportamiento. Los hallazgos podrían contribuir a comprender mejor la biología de unos insectos esenciales para la polinización y el mantenimiento del equilibrio de los ecosistemas.

Redacción (Agencias)