El jengibre lleva años colándose en infusiones, remedios caseros y platos de cocina, pero ahora también se ha hecho un hueco en las investigaciones científicas. Lo que durante mucho tiempo fue el truco de muchas abuelas para aliviar un malestar de estómago empieza a respaldarse con estudios que apuntan a beneficios para la digestión, la inflamación o incluso la salud cardiovascular.
Especialistas de centros como Harvard Medical School, Cleveland Clinic o Johns Hopkins Medicine coinciden en una idea: el jengibre no hace milagros, pero sí puede convertirse en un buen aliado dentro de una alimentación equilibrada.
Uno de sus usos más conocidos tiene que ver con las náuseas. El jengibre puede ayudar a aliviar molestias relacionadas con el mareo, el embarazo o incluso algunos tratamientos médicos, gracias al efecto del gingerol, uno de sus compuestos más estudiados. También puede favorecer una digestión más ligera, ayudando a reducir la hinchazón abdominal, los gases o esa sensación de pesadez después de comer.
Pero ahí no terminan sus posibles beneficios. Algunas investigaciones apuntan a que su consumo habitual podría ayudar a controlar la inflamación, algo especialmente interesante en personas con problemas como artritis, lupus o ciertos dolores musculares. Además, también se estudia su relación con el control del azúcar en sangre, la mejora del colesterol y el cuidado del corazón.
Eso sí, los expertos insisten en mirar el jengibre con sentido común. No sustituye tratamientos médicos ni es una solución mágica. De hecho, tomado en exceso —sobre todo en forma de suplementos— puede provocar acidez, molestias digestivas o interferir con medicamentos como los anticoagulantes.
La buena noticia es que incorporarlo a la rutina es sencillo. Puede tomarse en infusión, rallado en comidas, en smoothies, sopas o mezclado con limón y miel. Y una recomendación importante: no todo lo que sabe a jengibre tiene sus beneficios, especialmente algunas bebidas ultraprocesadas cargadas de azúcar añadido.




