La relación entre música y religión ha evolucionado con el tiempo, pero no ha desaparecido. Desde el auge del pop en el siglo XX, muchos artistas han seguido explorando lo espiritual, adaptándolo a nuevos lenguajes y estilos.
Uno de los primeros ejemplos modernos se encuentra en The Beatles, especialmente en la figura de George Harrison, cuya conexión con la India influyó en trabajos como The White Album y en su carrera en solitario con temas como ‘My Sweet Lord’.
En paralelo, el folk también recurrió a textos sagrados, como hizo The Byrds con ‘Turn! Turn! Turn!’, inspirada en el Eclesiastés, o Bob Dylan, que en los años 70 vivió una etapa marcada por el cristianismo en discos como ‘Slow Train Coming’.
La espiritualidad también ha servido como base simbólica para hablar de emociones humanas. Es el caso de Leonard Cohen con ‘Hallelujah’, o de U2, que en The Joshua Tree abordaron la búsqueda de un lugar sin divisiones en ‘Where The Streets Have No Name’.
En los años 80 y 90, artistas como Madonna llevaron esta relación a terrenos más provocadores con ‘Like a Prayer’, mientras que Billy Joel incorporó referencias bíblicas en ‘River of Dreams’. También Joan Osborne cuestionó la figura divina en ‘One of Us’.
En el ámbito latino, la espiritualidad ha estado presente en canciones como ‘A Dios le pido’ de Juanes o en la obra de Juan Luis Guerra, que incorporó una visión religiosa en temas como ‘Las avispas’.
Más recientemente, artistas como Hozier han reinterpretado estos elementos en clave contemporánea con ‘Take Me To Church’, mientras que Sufjan Stevens ha abordado el duelo y la fe en trabajos como ‘Carrie & Lowell’.
En la actualidad, esta conexión continúa en propuestas como Rosalía, que en su álbum Lux introduce reflexiones sobre la trascendencia, la fe y el sentido de lo espiritual en el mundo contemporáneo.
Así, lejos de desaparecer, el vínculo entre música y religión sigue transformándose, adoptando nuevas formas en cada generación.




