Los arcoíris blancos son uno de esos fenómenos atmosféricos que parecen imposibles a primera vista. A diferencia de los arcoíris tradicionales, no presentan una banda de colores claramente diferenciada, sino que aparecen como arcos pálidos y blanquecinos que se dibujan sobre bancos de niebla.
Aunque son poco frecuentes y difíciles de observar, tienen una explicación científica relacionada con la forma en la que la luz interactúa con las gotas de agua.
El mecanismo es similar al de un arcoíris convencional, pero existe una diferencia fundamental: el tamaño de las gotas de agua.
En un arcoíris normal, la luz solar atraviesa gotas relativamente grandes de lluvia. Al entrar en ellas, la luz se refracta, rebota en su interior y vuelve a salir separándose en los diferentes colores que forman el espectro visible.
En los arcoíris de niebla, en cambio, las gotas son mucho más pequeñas, aproximadamente 40 veces menores que las gotas de lluvia que participan en un arcoíris convencional.
Esto cambia por completo el resultado. La luz no solo se refracta, sino que también experimenta difracción, haciendo que se disperse en múltiples direcciones. Como consecuencia, los diferentes colores terminan mezclándose y sus tonalidades se difuminan hasta producir el característico aspecto blanco.
No basta con que haya niebla. Para observar uno de estos fenómenos es necesario que coincidan varias condiciones atmosféricas.
Debe existir un banco de niebla delante del observador y una fuente de luz detrás, normalmente el Sol, aunque también puede ser la Luna en determinadas circunstancias.
Además, la posición es fundamental. Si el observador se encuentra dentro de la niebla, el fenómeno puede no ser visible. La clave está en situarse en el lugar adecuado, con la niebla frente a nosotros y la fuente de luz a nuestra espalda.
Los arcoíris de niebla pueden producirse en diferentes lugares del planeta, pero son especialmente habituales en zonas donde la niebla aparece con frecuencia.
Las cimas de las montañas son algunos de los lugares más propicios, al igual que determinadas regiones del Ártico y otros territorios con abundantes bancos de niebla.
Su aspecto puede variar. Aunque normalmente son blancos, difusos y muy tenues, en ocasiones pueden presentar pequeños matices rojizos o violetas en sus extremos o en determinadas zonas del arco.
La historia de estos fenómenos se remonta varios siglos. La primera observación documentada se produjo en Ecuador durante el siglo XVIII, cuando un explorador español describió su sorpresa al encontrarse con un extraño arco blanquecino.
Desde entonces, diferentes observaciones han permitido comprender mejor cómo se forman estos fenómenos y por qué su apariencia es tan distinta a la de los arcoíris que estamos acostumbrados a ver.
Redacción
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