K1, el deporte que hace barrio

En pleno barrio de Hortaleza, espacios como Caravaca Fighters y proyectos históricos como Hortaleza Boxing Crew, que en su día impulsó Julio Rubio y ahora continúa Alberto Soler, se han convertido en algo más que clubes deportivos: son puntos de encuentro donde jóvenes y adultos encuentran un lugar seguro para entrenar, relacionarse y construir comunidad. En un contexto en el que, como denuncia el entrenador de Caravaca Fighters Alejandro Caravaca, de 25 años, el tejido asociativo “se está perdiendo cada vez más”, el deporte de contacto emerge como un refugio que sostiene aquello que la vida en los barrios a veces erosiona: la convivencia, el respeto y el sentido de pertenencia.

Autor: Álvaro Bergad.

Las historias de quienes entrenan allí lo confirman. José Carlos Húmera, de 34 años, (alumno de Caravaca Fihgters) llegó “de rebote”, recién mudado a la zona, buscando un sitio donde boxear. Pero se quedó por el ambiente: “Pocas veces me he sentido tan a gusto en un sitio nuevo”. Reconoce que el K1 le ha cambiado por dentro: le ha enseñado a valorarse, a controlar la ansiedad del trabajo y a respetar el esfuerzo del resto. Para él, entrenar es su “momento de desconexión diaria” y, aunque admite que compaginar su empleo de oficina con el deporte es cada vez más difícil, considera al grupo “una familia”.

La experiencia de Clau Covisa, 24 años, (también alumna de Caravaca Fighters) revela la misma dimensión emocional del club. Sin haber hecho deporte antes, empezó por inspiración familiar y terminó encontrando un espacio que la transforma: “Me veo muy fuerte y súper capaz; la vergüenza se me ha ido”. Para ella, las clases son un alivio frente a las cargas laborales y personales: “Te desestresas y te funciona”. Sobre el ambiente, lo tiene claro: “No he notado trato distinto por ser mujer. Aquí somos todos iguales”. Esa normalidad, que no siempre existe fuera, demuestra cómo el barrio puede ofrecer igualdad real antes que los propios medios de comunicación, donde —denuncia— aún persiste la discriminación.

El entrenador Alex Caravaca explica que ese clima no es casual. Formado en integración social y animación deportiva, su objetivo siempre fue “hacer barrio”. Trabaja con jóvenes en riesgo, adultos con problemas laborales y adolescentes con dificultades familiares, y afirma que el club actúa como un espacio seguro donde “todos esos problemas se dejan fuera para entrenar” y luego se afrontan juntos. Allí el K1 funciona como herramienta educativa: enseña respeto, disciplina, autocontrol y, sobre todo, compañerismo. “Soy entrenador en el tatami —dice— pero uno más fuera de él. Eso es hacer barrio”.

Autor: Álvaro Bergad.

Aunque el barrio se llena de grandes cadenas deportivas sin vida comunitaria, Caravaca Fighters resiste como un proyecto con alma. Según Alejandro, en esos espacios impersonales “la gente no habla entre ellos”, mientras que en su club tiene tanta importancia conversar y crear lazos como entrenar. La referencia a figuras históricas del deporte hortalino, como Julio Rubio, y al trabajo de Alberto Soler, muestra que la comunidad se sostiene gracias a personas que han hecho del deporte un vehículo de cohesión social. Sin embargo, el entrenador lamenta la falta de apoyo institucional: sueña con disponer de un espacio municipal grande para ampliar el proyecto.

La importancia social de estos espacios no es anecdótica. Diversas investigaciones en ciencias del deporte y trabajos sobre juventud en barrios urbanos —como los publicados en Journal of Youth Studies o en informes de la OMS y la UNESCO— señalan que la práctica deportiva regular fortalece la salud mental, reduce el estrés, aumenta el sentido de pertenencia y disminuye la probabilidad de conductas de riesgo entre jóvenes. En contextos con menos alternativas de ocio, estos beneficios se multiplican: el deporte actúa como factor protector, mejora la autoestima y crea redes de apoyo esenciales. Lo que ocurre en Hortaleza coincide punto por punto con lo observado en estos estudios.

En definitiva, el K1 en Hortaleza está demostrando que un gimnasio puede ser mucho más que un lugar para entrenar: puede sostener vínculos, ofrecer herramientas emocionales, dar alternativas a quienes sienten que no las tienen y construir comunidad donde a veces falta. Historias como las de José Carlos, Clau y Alex muestran que el deporte, cuando se vive colectivamente, tiene la fuerza de unir generaciones, derribar prejuicios y mantener vivo el espíritu de barrio. En un tiempo en el que muchos jóvenes buscan su sitio, el tatami se convierte, para muchos, en ese lugar donde volver a empezar.

Redacción: Álvaro Serrano.