La presencia judía en Avilés es un enigma del que muy poco sabemos. Prácticamente nada se ha escrito sobre el particular en los diferentes trabajos de la historia de la ciudad. Este ensayo histórico se presenta a modo de introducción a un camino que ha de recorrerse. Y lo hace en un momento clave en la Historia de España, sobre todo en relación con la comunidad sefardí.

Hace ahora 522 años de la vuelta a Avilés del converso Adam López, reclamando las casas que había tenido que malvender dos años antes, cuando abandonaba la ciudad cumpliendo el decreto de expulsión de los RRCC. Poco podía imaginarse Adam que, en octubre de 2015, se aprobaría una ley por la que se concede el derecho de regreso a Sefarad y la nacionalidad española a todos los descendientes de los judíos expulsados, como él, en 1492. Se culmina así un proceso iniciado en la segunda mitad del XIX, y cuyo momento decisivo fue la enmienda al Código Civil aprobada por el Congreso en 1982, a propuesta del diputado socialista Ernest Lluch. La nueva legalidad ha permitido a más de 4.300 sefardíes, de momento, obtener la nacionalidad española y regresar sin abdicar de sus creencias y de su identidad. Tampoco Adam hubiera imaginado que el 30 de noviembre de 2015, el Rey de España ante los representantes de la comunidad sefardí en un solemne acto en el Palacio Real de Madrid, llegase a decirles de forma emocionada: “¡Cuanto os hemos echado de menos!”, reparando así el tremendo error histórico cometido.

La historia de los judíos y de los conversos ha sido en las Españas, y por tanto también en Avilés, una historia de ocultación por motivos obvios. Por eso debemos aprender a leer entre líneas. Dos anécdotas al hilo de lo anterior: La primera, la crónica del viajero alemán Jerónimo Munzer, que en su visita a Valencia en el año 1495 se refiere a la iglesia de San Cristóbal, donde tenían sus sepulcros los conversos. Nos cuenta que cuando moría alguno de ellos iban en procesión con el ataúd cubierto con un paño dorado, llevando delante la imagen de San Cristóbal. Sin embargo, lavaban en secreto los cuerpos de los muertos y los enterraban de acuerdo con sus ritos. La otra: uno de los prologuistas de este libro me cuenta que, tras leer el texto del mismo recordó unos datos a los que ahora les daba una posible significación que nunca habría imaginado. En la colección Arcos, uno de los artistas avilesinos que aparece biografiado tenía por hermanos a Salomón, Esther y Raquel. Además el pintor, aunque la última fase de su vida la pasó viviendo en la calle de la Ferrería, su familia procedía del norte del Tuluergo ya que su hogar anterior estaba en el llamado “Camino Viejo de Pravia”, es decir, entre Sabugo y San Cristóbal. ¿Podrían estos datos tener una segunda lectura? Seguramente, sobre todo a la luz de uno de los principios básicos de la “teoría del caos” de Edward Norton Lorenz, que dice: “El orden subyacente oculta fenómenos aparentemente aleatorios”. Repasando esos fenómenos, quizás nos encontremos con claves que nos permitan avanzar en la interpretación del enigma. Este ensayo pretende abrirnos algunas puertas. Pasen y vean.